El abogado

El autobús atravesaba la región central de la comarca con un ritmo acelerado. Dentro, los pasajeros se movían incómodamente debido al traqueteo producido por los diversos baches y el mal estado de la carretera. Rezaban porque el compartimento de los equipajes, situado justo debajo de los asientos no estuviera corriendo la misma suerte que ellos. Una señora que transportaba en la maleta diez botellas de leche de cabra de su pueblo natal era la que rezaba con más fe. La lluvia caía del cielo y golpeaba con intensidad y buen ritmo los cristales a ambos lados del vehículo. Ricardo Benavente, que trabajaba para una firma de abogados, contemplaba con gesto aburrido el agua resbalar por su lado de la ventana. El paisaje no le distraía demasiado, ya que casi no se veía nada, simplemente asfalto ennegrecido por el agua, y más allá, verdes pastos también empapados y un poco más a lo lejos montañas que le recordaban a los gráficos de ventas anuales divididas en semestres que solían verse en los periódicos de economía de los que él, al igual que su padre, era asiduo lector.
El traje le incomodaba y lamentaba no haberse puesto ropa más cómoda para el largo viaje. La noche anterior le habían llamado de la oficina, interrumpiendo de manera abrupta sus pequeñas vacaciones de cinco días. Le informaron de que era sumamente necesario, según palabras del secretario de su jefe, el señor Olazabal, que se presentase tan pronto como pudiera en la oficina para tratar un asunto referido a la herencia de una importante familia. Esta familia en cuestión era un cliente clave en el bufete, ya que llevaban más de veinte años trabajando con ellos. Ricardo entendía perfectamente la urgencia y la necesidad de su presencia allí, ya que una herencia es siempre un tema serio y muy importante que no merece ser retrasado ni un solo día. Y Ricardo se tomaba su trabajo como una cosa seria y muy importante. Lo que le irritaba y le sacaba de sus casillas era comprobar como, el país y el mundo en el que vivía no se tomaban las mismas molestias que él en su vida diaria.
“Aquí me tienes”, pensaba “un miembro de uno de los bufetes de abogados más importantes (quizás no el más importante, pero si uno de los que más), teniendo que viajar deprisa y corriendo a la ciudad, de una manera completamente incómoda, porque no hay vuelos disponibles hoy”. Lo que ocurría es que una huelga de los mecánicos del aeropuerto había dejado congelado todo el tráfico aéreo la noche anterior y parte del día siguiente, por lo que Ricardo Benavente tuvo que vérselas con conductores de taxis, vendedores de billetes de tren y finalmente con aquella señora con arrugas y gafas en la estación de autobuses donde pude adquirir in extremis su billete.
El joven del asiento de al lado suyo no hacía más que sacar bolsas de aperitivos de su mochila de viaje, y le estaba llenando su chaqueta de migajas. “Así no podré presentarme ante el señor Olazabal, tendré que cepillar el traje entero”, pensaba con mucho disgusto Ricardo. Lo peor, aunque trataba de disimularlo, era que de las prisas que había tenido haciendo la maleta y durante el trayecto hasta la estación era que no había podido comprar él nada para comer durante el camino, y el hambre comenzaba a hacerle efecto. Mientras esperó a que el autobús llegara, había dedicado esos diez minutos en repasar los papeles de su maletín, para tenerlo todo revisado y listo y no se le ocurrió pararse un minuto en el puesto de bocadillos. “No tenía tiempo para esas cosas, además, un profesional como yo tiene que tener la mente en las cosas importantes”, se decía para sus adentros, “ya podré comer algo cuando llegue a la ciudad, de camino a la oficina”.
El viaje duraría unas seis horas, con una parada entre medias. En la parada, todo el autobús se vació rápidamente, el conductor encendió un cigarrillo justo al lado del autocar y entabló conversación con un pequeño grupo de reclutas que volvían al cuartel tras unos días sin servicio. Ricardo bajó de los últimos, le temblaban un poco las piernas, ya que no estaba muy acostumbrado a los incómodos asientos. Pensó en acercarse a la tienda del área de servicio, que le pareció bastante moderna y cuidada desde fuera. Antes encendió un cigarro (aunque con las prisas había olvidado sus cerillas) con el fuego que tuvo que pedir a un señor que tenía el pelo grasiento y fumaba observando la carretera sentado en una de las sillas situadas afuera. Cuando terminó su cigarro se acercó a la tienda y observó detenidamente lo que había para comer. Lamentó mucho ver que los bocadillos que a él más le gustaban tenían muy mala pinta, y seguramente (esa es la impresión que a él le daba), las tortillas no estaban hechas ese mismo día, seguro. Pero más lamentó al darse cuenta de que no llevaba suficiente dinero en monedas y la cajera no disponía de cambio (¿cómo puede una cajera no tener cambio?) para los billetes que llevaba él encima. Así que tuvo que conformarse con una pequeña bolsita de cantidad ridícula de cacahuetes. Cosas como estas hacían que se le llevaran los demonios. “La gente no se toma tan en serio su trabajo como yo, por eso pasan estas cosas” solía decir.
Un poco tambaleante, volvió a subirse al autobús y vio desfilar de nuevo la lluvia (que había dado una tregua en la zona donde habían parado) y los gráficos de ventas y las nubes grises, azules oscuras y hasta negras. Trató de pensar un poco en el caso de la herencia para conseguir dormirse. En el fondo, no era tan complicado, era la historia de siempre. Una persona mayor fallece, el patriarca de una gran familia con un pequeño negocio familiar que da algo de dinero. Sus cuatro hijos quieren repartirse la fortuna y el abogado familiar tiene que estar delante a la hora de la firma de los papeles, junto con el notario. Se le antojaba, realmente, algo bastante nimio y carente de tanta urgencia, mas si cabe los transportes estaban tan difíciles por la huelga de mecánicos, pero si su jefe le había requerido, él no tenía más remedio que marchar. “Pero Ricardo, ¿no podrías irte el lunes? mañana es sábado y la notaría estará cerrada. Seguramente viajes para nada y el señor Olazabal lo sabe” le había dicho su novia en el dormitorio, mientras él iba llenando la maleta con un par de mudas limpias, un par de camisas y corbatas.
Pero, ¡ella no lo comprende!. Las oportunidades se presentan en la vida sin previo aviso. Él, lo que realmente ansiaba era llegar a trabajar para alguna firma un poco más importante. No quería pensar que su trabajo no fuera necesario o de vital importancia, por descontado que lo era. Había llegado bastante más lejos que cualquiera de sus amigos de infancia y eso le producía una gran satisfacción personal y una pequeña hinchazón en el orgullo que le hacía sonreír de manera altiva. Era lo que más ansiaba. Estaba ganando bien, se había hecho con una gran reputación en el bufete. Y además tenía una chica joven y guapa a su lado que, además, le quería. Pero lo que más quería Ricardo, en el fondo, era llegar a trabajar para una de las firmas de abogados más importante del país, y estaba seguro de que lo conseguiría, porque, en el fondo, Ricardo se sabía el me
jor en su campo. Era un excelente negociador y sabía sacar tratos siempre a su favor y con buenas ganancias. ¡Hasta el verano pasado incluso, en la comunidad de vecinos logró convencer a todos de que poner calefacción central sería más rentable a la larga, y eso que era verano!.
Así que, complacido por estos últimos pensamientos, pero sin poder llegar a dormir debido a un bebé que se puso a llorar dos asientos más atrás en el autobús, Ricardo Benavente, joven y prometedor abogado viajaba hacia la capital, dispuesto a zanjar aquellos importantes asuntos. Iba contento y expectante relamiendo los manjares que el futuro ya le iba dibujabando en la mente, aunque disgustado a causa del incordio de la gente a su alrededor, y a que le empezó a picar un poco el culo debido a una rozadura de su ropa interior con el pantalón del traje.

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