La corista y el jardinero

el cielo estaba gris
el sol tenía puesto el pijama y se escondía
por detrás de las montañas
desde el porche de aquella casa
ellos dos se miraban
silenciosamente, salvo
por el ruido de sus respiraciones
entrecortadas

ella llevaba el vestido azul
y él su traje de campo
ella tenía puestos los pendientes de zafiro
y sus mejillas sonrojadas
él, embadurnado su alma con la tristeza
de las despedidas forzadas
el viento comenzaba a soplar fuerte
anunciando la inminente llegada del frío invierno

las imágenes del verano vivido
bajo aquellos árboles
(ahora despojados de su vestimenta natural)
riendo en el lago
o simplemente,
paseando por los alrededores
las cenas con invitados
siempre había invitados
las habitaciones llenas
ya fueran de amigos
familiares lejanos o cercanos
o visitas oficiales

ella regresaba a la ciudad
tenía apalabradas más de veinte actuaciones
durante todo diciembre
y todo enero

él se quedaría por allí
ocupado en sus tareas;
arreglar el jardín
podar las hojas perennes
cuidar que la humedad no castigue la mansión
soñar cómo la quiso, en silencio
aquel verano
y regar las plantas
y cenar con el guardés y su mujer, la cocinera
los tres solos

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