Las manos de los chicos del banco

Le llamaban Julito sus familiares; su padre y su madre y también su hermano, así como su círculo de amigos más íntimos. El resto de la gente, en el trabajo, le llamaba Julio. A él no le importaba cómo lo hicieran, mientras fuera de una u otra manera y nunca con una de esas horribles deformaciones como “Julillo” o “Juli”, la cual le parecía especialmente desagradable y bastante afeminada. Aquel mote, que tan poco le gustaba, le acarreó muchos problemas y peleas en el colegio, donde no le fue demasiado bien, aunque no era necesariamente tonto. Quizá por eso, por no ser ni creerse él mismo un completo inútil, fue capaz de estudiar algo sobre el funcionamiento de la televisión, que siempre había sido para Julio uno de sus grandes pasatiempos, para desgracia de su carrera académica. Porque a Julio le gustaba mucho, de vez en cuando, quedarse embobado viendo cosas, y no sólo el aparato de televisión. Cuando viajaba en tren, de camino a su escuela o a algún otro lugar, se fijaba siempre en la gente del campo y en sus manos. Las suyas le avergonzaban un poco, al vérselas siempre tan blancas y suaves, en contraste con las duras, ásperas y sufridas manos de la gente que trabajaba en el campo diariamente. Lo mismo le pasaba con las manos de los obreros, albañiles, carpinteros y cualquier tipo de trabajo que implicara un esfuerzo físico o trabajo duro con las manos.

Julio verdaderamente no mostró pasión alguna por nada o nadie en especial durante su juventud. Se limitaba a obedecer correctamente las normas, ya fuera en casa, en el colegio o, más tarde, en el trabajo. No estaba de acuerdo, como poca gente lo está, en ciertas cuestiones relacionadas con la manera en la que gira el mundo. Pero tampoco se rebelaba contra ellas. Durante sus años de estudio tuvo un par de novias que nunca llegaron a ser nada serio. Hizo deporte, igual que la mayoría de los chicos en su momento; pero alcanzada una edad lo abandonó. Leía algo, no demasiado; lo justo más bien. Los libros de corte aventuresco parecían atraerle un poco, pero se sentía completamente incapacitado para leer, tal y como alguna gente a su alrededor hacía, aquellos enormes volúmenes de más de quinientas o hasta mil páginas que contaban cuentos sobre montañas lejanas con nombres impronunciables o historias que realmente ocurrieron hacía ya mucho tiempo, demasiado. En definitiva, era un chico normal al que no le importaba mojarse bajo la lluvia de vez en cuando, pero odiaba ver como la gente con paraguas andaba pegada al muro de la calle. Sus únicas motivaciones en la vida eran siempre las que la vida misma le telegrafiaba periódicamente: sé un buen chico, piensa cuando te digan que pienses, habla si te preguntan algo, estudia, trabaja.

De esta manera, gracias a sus fuertes convicciones, o a la falta de éstas, no le fue difícil encontrar un puesto vacante como aprendiz de técnico, en el estudio de un canal de televisión local de su ciudad que años más tarde sería absorbido por uno privado, de carácter nacional, asegurándose un puesto de trabajo fijo prácticamente de por vida. Así, casi treinta años después, Julio era toda una celebridad en su lugar de trabajo; una leyenda viva invisible de la televisión. Hacía unas semanas que había cumplido los cuarenta y ocho años y, con este motivo y el de la celebración de su veintinueve aniversario en la cadena, sus compañeros de trabajo organizaron una pequeña fiesta un viernes por la tarde, al terminar la jornada de trabajo. No faltó nadie; otra manera de decirlo sería que Julio no echó a ninguna persona en falta. Estaban sus compañeros también técnicos como él, Sebastián y Raúl el nuevo aprendiz; el señor Arriba, que era miembro de la ejecutiva de la cadena a sus setenta y pico años, y ya estaba en el estudio trabajando cuando entró Julio; Antonio y Susana, los presentadores del programa en el que actualmente trabajaba; Vanesa, su jefa, la encargada de producción y Juan, su marido, que también conocía a Julio de cumpleaños anteriores y con el que se llevaba realmente bien, ya que los dos tenían la misma edad. Además estaba la mayor parte del equipo de redacción, las encargadas de limpieza del turno de tarde y la señora Carmen, que era del turno de mañana e incluso Ana, la última incorporación a la plantilla. Ana era una joven becaria de veinticinco años que a Julio le parecía de las chicas más guapas que habían aparecido por allí en todos estos años.

Estando aquella tarde en mitad de la fiesta, hubo un momento en que Julio se disculpó para ir un momento a los servicios. Mientras se terminaba de lavar las manos observó su rostro en el espejo por unos segundos. Vio un rostro más o menos serio, como siempre, con gesto duro. Unos ojos marrones muy profundos, ocultos tras unas cejas un poco gruesas y una espesa barba negra que, hacía algún tiempo, había comenzado a clarearse. Alguna que otra arruga en las mejillas, en los ojos. Pero, a parte de eso, todo era prácticamente igual que hacía treinta años. Y se fijó en sus manos, al pensar en cómo solía fijarse en las de las personas más mayores, normalmente de campo, con las que se iba cruzando cuando era más joven. La intensidad del olorcillo a cerveza y vino barato era directamente proporcional al tamaño y la cantidad de arrugas y grietas que había en las manos y, por tanto, directamente proporcional a la fascinación de Julio por ellas, pese a lo poco que le gustaba beber. Un poco aturdido por un pensamiento que nunca antes se le había pasado por la cabeza, salió del baño y volvió a la fiesta, para reunirse con los demás.

Cuando, horas más tarde, se sentó en el sillón de su modesto salón a cenar viendo la televisión, siguió dándole vueltas al mismo y curioso pensamiento que había aparecido de pronto en su mente, como a veces nacen los pequeños brotes verdes de vida en mitad de un seco desierto. Después de haber salido de los lavabos, se cruzó con Juan, el marido de su jefa. Debía de estar un poco bebido, ya que le dio a Julio un fortísimo apretón de manos. Ya con los demás, estuvo hablando con casi todos; incluso con Ana, con la que pocas veces había tenido posibilidad de charlar. Realmente se lo había pasado bien y, sin embargo, algo no le dejaba ver tranquilo la tele como hacía cada viernes por la noche. Decidió dejar la cena a medio empezar, apagó el televisor y se levantó del sillón. Julio anduvo lentamente hasta las puertas del balcón de su salón, que daba a una pequeña calle, cercana al centro de un barrio periférico de la ciudad. Asomado al balcón, observó el cotidiano ajetreo típico de una noche de viernes en el que, además, habría puente. Gente paseaba con maletas calle arriba y abajo, salía o entraba de los portales de sus casas con bolsas de supermercado, coches arrancando y aparcando. Se fijó en un grupo de tres jóvenes de unos quince años que se acercaron al banco de delante de la casa de Julio y se sentaron en él. Estuvieron largo rato riendo mientras contaban chistes verdes y comían pipas.

De repente lo comprendía todo. Comprendía a los chicos abajo en la calle, en el banco. Y comprendía a Ana, la chica becaria, y a Vanesa y a Juan. Y comprendía también, por primera vez, un poco a Julito. Las manos de todos ellos le parecieron, y así eran en realidad, un poco blancas y muy finas. Cuando estaba en los servicios lavándose las suyas, le sorprendió ver lo duras y agrietadas que el tiempo las había puesto. Así que Julio se puso el pijama y se acostó, sumido un poco en una extraña y gris melancolía, al darse cuenta de que, pese a sus manos y las de los demás, él seguía sintiendo lo mismo que hacía casi treinta años.

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