La isla

La historia comienza de la misma manera a como suelen comenzar muchas otras historias. De hecho, es posible que ya hayas oído hablar de estas historia alguna vez. Seguramente hayas ido al cine a verla armado con un cartón de palomitas tan grande que, si lo desearas, serías capaz de ahogarte en él. O tal vez te regalaron el best-seller del momento, en cuyo caso es muy probable que sí, que hayas leído parte de esta historia. O quizás alguna ex-pareja aficionada al significado de los sueños te contara alguna vez algo parecido a esto (por supuesto, en una de esas conversaciones que surgen por las noches en la que habéis hablado por teléfono, por móvil, por chat y ya os habéis dicho lo que habéis comido y lo que pensáis comer mañana). Porque muchas historias alimentan otras historias, y los sueños suelen ser, casi siempre, fuente de inspiración y/u origen de todas ellas.

La historia, que ya he dicho que comienza de igual o parecida manera a como suelen comenzar otras muchas, no está situada en algún lugar que se pueda indicar con un par de instrucciones callejero en mano. Las compañías aéreas de bajo coste no venden (todavía, ya que el Gobierno Central está en negociaciones ultra secretas, según parecía destacar el periódico dominical de ayer) billetes de avión para llegar allí. Ningún vecino, compañero de clase o compañero de planta a la hora del café te contará que ha estado ahí. No obstante, he de perjurar y volver a jurar una vez más, que el sitio verdaderamente existe. Creo que fue un hombre con un sucio traje gris y una flor amarilla en el bolsillo de la chaqueta quien me habló de este lugar, estando yo una noche sentado en la barra de un… lugar, y haciendo varios estudios demográficos sobre ciertas costumbres humanas los sábados por la noche.

Comienza con la conversación de dos chicos. De unos doce o trece años de edad. Se hallaban en medio de una isla, no una de esas islas desiertas (aunque, de lo poco que había en la isla, a veces pudiera pensarse lo contrario. Sobre todo cuando pedían a sus padres cosas tales como “caramelos” o “pan” o “algo que pueda comer o llevarme a la boca y tenga proteínas” y éstos, de lo pobres que eran, no podían darles nada excepto un poco de “silencio”. Cosas así.). Uno de los dos chicos acababa de llegar a la isla en un vuelo de dragón transcontinental, que no debía haber hecho escala en aquella pequeña islilla (pronto haré un amplio estudio geográfico sobre la naturaleza de esta “islilla”), pero debido a la avería de uno de los conductos aéreo-filtradores en el ala izquierda del bicho, tuvo que parar allí.

En el centro de la isla había una gran montaña, desde la cual podías divisar toda la superficie de la isla en un simple vistazo (si eres una mantis religiosa o un pez-tiburón martillo y estás dotado de un sistema de visión de trescientos sesenta grados) o girando la cabeza un poquito (en caso de ser un homínido dotado de espina dorsal, brazos, piernas y sólo un par de ojos). Ahí en lo alto de esa montaña, al lado de un pequeño fuego que, según antiguas teorías y profecías (que no vienen al caso ya que se remontan a siglos y siglos de antigüedad) tenía la obligación de estar siempre encendido, estaban los dos chicos charlando. No hablo de que los habitantes de la isla tuvieran la obligación de mantener el fuegp siempre en activo, no. Era el propio fuego el que tenía tal obligación. A los habitantes de la isla les costó mucho hacérselo entender, pero tras un par de sustos con vasos de agua, y de amenazar con retirarle el toldo de un material parecido al plástico que le cubría los días de lluvia, el fuego captó la indirecta. Mientras observaban a las llamas luchando por no extinguirse, el visitante le dijo al chaval autóctono:

– Oye, ¿qué es eso que dices de los “vesos”?
– No se dice “vesos”, se dice besos.
– Bueno pues eso mismo, ¿de qué se trata? Creo que nunca he conocido ninguno.
– Oh pues, al parecer es algo que está ligado un poco a eso de lo del “amur” que te digo que hacen los mayores a veces. Es como… una manifestación ¿sabes?
– Pues sí. Recuerdo que del pueblo donde vengo a veces hay manifestaciones de esas, normalmente se hacen cuando un patrón no quiere pagarle el trabajo a un campesino y éste llama a sus amigos que están inscritos en no se qué club y salen a gritar y a poner verde al patrón. A veces también creo que lo hacen por todo lo contrario, cuando un patrón quiere pagar al campesino, pero éste no quiere que le paguen… o que le peguen. La verdad es que es algo de lo que no me enteré muy bien, ¿esto de los besos es así también?
– Más o menos sí. Pero no hace falta llamar a amigos. De hecho, a veces los mayores buscan sitios escondidos para manifestarse.
– ¡Ala! Entonces debe ser algo secreto que no quieren que la gente vea.
– Correcto. Y, además, a veces cuando se dan muchos besos de estos, a veces los mayores (sobre todo ellos) empiezan a ponerse muy extraños, como cuando vas por el bosque y encuentras a dos perros jugando a pelearse y gritan y luego uno de los dos perros al cabo de un rato grita mucho más fuerte y paran. Pues hacen algo así.
– Los besos… ¿se dan?
– Eso tengo entendido.
– ¿Como un puñetazo?
– Sip, porque, normalmente, cuando te dan uno, hay que devolverlo. Y a veces se hace como si se estuviese enfadado. Poniéndote rojo y con mucha fuerza.
– ¡Cielos! Entonces sí que debe ser como pelearse. No sé si querré algún día que me den uno de esos “vesos”.
– Besos.
– Es verdad, perdona.

Mientras seguían hablando, el chico autóctono de la isla (por esta vez, le llamaremos Arbes), que estaba de cuclillas más próximo a la hoguera, no había dejado de mirar al fuego. En cierto momento, el chico visitante (Läum, que vestía ropas un poco más extrañas, y con un peinado completamente fuera de lugar e incluso llevaba algo que parecía una especie de anillo de plata o algún otro material metálico enganchado en su oreja derecha, según pudo apreciar atónito Arbes) pudo observar como el fuego hacía amagos de llegar a extinguirse. Pero comprobó sorprendido, como un par de miradas amenazantes de Arbes hicieron que, rápidamente, el fuego volviera a arder con movimientos mucho más ondulantes, hipnotizantes e intensos que antes. Después de esto, Arbes volvió a su excelentísimo discurso plagado de palabras y expresiones que, por alguna extraña razón, aunque Läum no conocía, las entendía a la perfección:

– Las manifestaciones de besos, creo que es como lo de los campesinos y los patrones de tu pueblo, sólo que en vez de exigir que les peguen, exigen eso del “amur”. Debe de ser una especie de relación comercial-profesional. Como un trabajo con un contrato de por medio. Y por eso, cuando quieren que la otra persona cumpla bien el contrato, se intercambian los besos. O, a veces cuando no se ha cumplido bien, también se dan, para manifestar que algo no marcha según lo deseado.
– Vaya, así que eso es “amur”. Conoces un montón de cosas interesantes y curiosas. ¿Y cómo funciona exactamente?
– Por lo que he visto, dos personas contraen “amur”, y entonces se convierten en “enamuruados” o también llamado en conjunto “pareja” (que por aquí es la misma palabra que utilizamos para nombrar un recipiente de barro bien grande o una unidad métrica en el que caben dos cabezas de ganado y ocho patas, dos corazones o también cuatro pulmones). Cuando uno de los dos quiere (y normalmente, salvo contadas excepciones, suele ser siempre el mismo) hay que manifestarse con besos, o que el otro le pase la mano por el hombro y el cuello, como para calmar un picorcito, aunque no le haya picado ningún mosquito.
– Entonces, debe ser como que uno de los dos hace un trabajo de esclavo para la otra persona mayor, ¿no? ¿y pica?
– Sí, mas o menos por lo que he visto es algo así. También, depende de cómo tenga el día la persona que “domina”, hace que la otra persona se vuelva completamente invisible.
– ¡Invisible! Guau… ¿y cómo consigue eso?
– No sé como funciona exactamente, ya que a veces he visto casos de esos, pero yo sigo viendo a las dos personas. Es algo raro. Es como si uno de los dos no viera ni escuchara a la otra. Van andando por la calle, entran juntos al mercado, salen y se van a sus casas pero no llegan a verse o a hablarse durante ese día. Creo que eso es cosa del “amur”. O de la falta de “amur”… todavía tengo mis dudas.
– Debe de ser una magia increíblemente poderosa eso del “amur”. No sé si quiero que me den besos o que me contraten para un “enamuruamiento” de esos que dices.
– Mi tío debió pensar como tu de pequeño. Pero no lo consiguió, él también está en un “enamuruamiento”, pero en vez de con otra persona, con un aparato de esos que fabrican ahora los alquimistas del pueblo. Una de esas cajas que tienen ruedas a los lados y son capaces de correr como si cinco o seis caballos invisibles tiraran de ella.
– Oh, conozco esas cajas, también he visto algunas en mi pueblo. ¿Y dices que tu tío esta “enamuruado” de una de esas cosas?
– Sí. Es muy gracioso de ver. Cuando está sólo le he visto por la ventana y veo que está muy contento y sonriente y que le da besos y pasa la mano por la caja como para calmarla un picorcito. Y lleva haciendo eso años, desde antes de que yo naciera. ¡A una caja! ¿te lo puedes creer?. Es curioso, porque en cambio sí que cambia de compañera de hogar con más frecuencia con la que cambio yo de abrigo en invierno. Y mira que llevo con este ya cosa de cuatro años. Pues mi tío cada dos semanas prácticamente, tiene una chica nueva en casa que, según él, “le ayuda con las cosas de la casa”. Aunque mi padre cuando habla con mi madre del tema lo hace como enfadado, o como si le tuviera envidia, no sé.
– A lo mejor no está realmente “enamuruado” de la caja en sí, si no de los caballos invisibles, por eso de que le ayudan a moverse tan rápido. ¿Se puede uno “enamuruar” de un caballo o de la sensación de moverse rápido?
– Mmm… pues no lo sé seguro. Recuerdo que hace poco, en la Gran Casa De Las Cruces Y Las Campanas (donde tenemos que ir cada siete días para cantar y darnos la mano) el tipo del disfraz negro decía que no estaba bien idolatrar a cosas inanimadas (y recuerdo que dijo esto sin dejar de mirar a mi tío y con la cara roja y encendida como si estuviese enfermo).
– ¿Y qué es idolatrar? Eso no lo había escuchado en mi vida. De donde yo vengo creo que no existen todas esas cosas.
– Yo tampoco sé muy bien a qué se refería. Dijo también que sólo hay que idolatrar a alguien que habita-no-sé-donde-arriba-en-las-nubes y que no hay que aplacar los picores a nadie porque es algo malo. Ni aunque le pique a uno mismo dijo. Recuerdo que cuando dijo esto, yo me asusté, porque me estaba rascando la rodilla.
– No sé, a lo mejor si se hace muy de vez en cuando no es para tanto.
– El caso es que luego se descubrió que ese hombre le calmaba los picores todas las noches a una de las cabras que tenían en los establos de la Gran Casa. Y el hombre creo que decidió dejar de vestirse de negro y se fue a una de estas montañas de la zona, a vivir con la cabra y un asno que también les siguió. Mis padres dijeron que estaba “enamuruado”, o creo que utilizaron otra palabra… vamos, que a lo mejor si se puede uno “enamuruar” de caballos. Al menos sí de una cabra y de un asno.
– Qué cosas más extrañas.
– Yo de todos modos no querría que mi perro Regañadientes me diera besos de esos, ni tener que estar pensando en él por contrato la mayor parte del día. ¡Ni mucho menos que deje de ser capaz de verme!
– Yo igual, creo que de momento, nada ni de “vesos” ni de “amur”.
– Se dice besos.

un homenaje a Terry Prachett

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