El vómito

Ha pasado de todo, al final las tortugas se fueron volando por el océano
pacífico, a buscar a Nemo.
Y he tenido que hacerlo.
He saltado sobre los muros de un millón de casas.
He cantado subido a los tejados de cientos de azoteas.
He estado solo, y también acompañado.
He cabalgado largas noches con toda la paciencia del mundo, como cabalgan los muertos en el reino de los muertos.
Con cansancio. Pero sin pena y también sin alegría.
He subido a los camiones de reparto.
Los he vaciado.
He visto camiones de bebidas enteras.
Camiones de productos de limpieza.
Camiones de piezas mecánicas.
Camiones de ordenadores.
Camiones de coches de segunda mano.
Camiones de ropa manufacturada en la tienda de chinos de debajo de tu casa.
Camiones de comida envenenada.
Camiones de coches de tercera mano.
Camiones de coches de miles de manos.
Camiones de camiones.
Camiones vacíos.
Camiones con remolques.
Camiones sin camioneros.
He visto a las diosas del ébano, las de los rubíes, las del oro amarillo de las limas y de los limones.
Me ofrecí en sacrificio varias veces, pero mi alma no es lo bastante pecadora para ellas.
Las he visto danzar bailes prohibitivos. Amamantar a sus hijos.
Las he visto colgadas del brazo de Baco.
Las he visto llorar y las he visto reírse en la cara de otros que quisieron ofrecerse en sacrificio por ellas.
He visto el martillo del hombre aplastando a los insectos y las cucarachas de la ciudad, refugiándose en sus alcantarillas.
He visto sombras en las habitaciones iluminadas.
He visto la luz en medio de la noche.
He visto trenes que van, trenes que vienen, hasta trenes que suben y bajan y trenes que dejaron de ir hacia ningún lado, cansados y muertos.
He visto tantas sonrisas, que me da hasta ganas de llorar.
Y he escuchado tantos lamentos, que no podría evitar echarme a reír, aunque no quisiera.
Me gustaría destruir a todos aquellos que se creen débiles.
Me gustaría aniquilar a los que se creen superiores.
Me gustaría poderte proteger de todos los relámpagos en la Noche del Relámpago y del Huracán, pero no sé si mi orondo cuerpo aguantará.
Me gustaría decirte que no me das ninguna pena.
Me gustaría contigo viajar en moto hasta Rusia, hablando sin parar todo el viaje, parando solamente para comer y hacerlo en la cuneta. Contigo.
Me gustaría no causaros más problemas de los necesarios.
Me gustaría destrozar museos, y fundir coronas.
Pero no puedo, no puedo. No quiero hacer las cosas. No quiero hacer nada. No necesito nada. Nada.
El objeto A se desplazaba en línea horizontal sobre el eje establecido. Con una velocidad de trescientos metros por segundo.
En el preciso instante del universo en el que alguien lo dispuso así, un muro de cemento se interpuso entre el objeto A y las partículas de aire.
El choque fue cósmico.
Se vieron las estrellas desde Júpiter.
Aquella noche hubo fiesta en celebración del nacimiento de una nueva galaxia.
Quiero perderme algún día en los sueños de alguien. Sólo por curiosidad y ver si realmente soñamos en blanco y negro.
Quiero perderme en mi propia inconsciencia, no nadar en la de otros.
Quiero no ser yo. Yo soy el otro.
Quiero ser ese.
Quiero llegar a olvidar, a desandar lo andado. Quiero tomar vacaciones por una milésima de segundo, y que dure una eternidad.
Quiero echarme sobre grandes prados de hierba azul.
Quiero beberme todo el agua del universo.
Quiero beberme todo el universo.
Quiero no ser más veces los animales que no quise ser.
No quiero ser el león cobarde incapaz de dar un zarpazo.
No quiero ser el avestruz, que ocultará su cabeza solo Dios sabe por qué.
No quiero ser el miedo, sobrevolando
como un bombardero una ciudad vencida.
No quiero ser más el caballo, cabalgando a lomos del viento, y colándome en ventanas abiertas.
No quiero ser la muerte, fulminando las vidas con un solo roce de uno de sus dedos.
No quiero ser la avispa que pica para después morir.
No quiero ser tú.
No quiero ser lo que sea que esté ahí parado.

Ten cuidado con todo lo que te rodea, podría matarte.
Aléjate de las vías del tren.
Dios nos odia a todos.
Olvidémonos de quienes somos ahora por unos momentos.
Adultos.
Pensemos en qué nos hubiera gustado ser de pequeños.
Niños.
Empecemos a leer más las cosas escritas en las paredes.
Pintemos el silencio de ruidos y sonidos completamente espontáneos.
Plantemos los árboles del revés, aunque sea sólo para convencernos de que hay cosas que están bien hechas en el mundo.
No quiero subir a las torres altas de esta ciudad.
Las torres de hormigón fueron construidas sólo para albergar cárceles vivas.
Cárceles interactivas.
Cárceles de quita y pon.
De siete de la mañana a siete de la noche.
No quiero ver a los presos.
No quiero darles de comer.
Quiero irme con el joven león que huye de la manada.
Quiero escapar de los depredadores.
Y quiero beberme el universo. Entero.
Quiero hacerme fuerte, arrancarme la larga melena. Dejarme crecer las uñas.
Quiero arrancar a otro de su trono cuando todo lo dicho se cumpla.
Así lo hace el león.
Y cuando tenga mi propio reino. Buscaré mis respuestas a mis propias preguntas.
Esas preguntas que nadie sabe responder.
Esas preguntas que todo el mundo quiere hacer.
Esas preguntas que no tienen solución lógica, aparente o respuesta fácil.
Preguntas invisibles que vagan por el mundo desde su creación.
No malgastemos el tiempo, ya que es lo único de lo que no solemos andar sobrados.
La próxima vez haremos las cosas bien, desde el principio.
Pero.
¿Tenemos apalabrada una segunda vez?
¿Qué tal dentro de diez cinco años?
¿Mejor uno?
¿Seis meses?
¿Qué tal hoy?
¿Por qué no me acompañas al centro de la ciudad?
Te enseñaré las cosas que siempre quisiste ver, haremos lo que siempre te prohibieron hacer.
Bailaremos desnudos.
Nos bañaremos en las fuentes que sueltan cerveza y vino.
No habrá tregua, sin prisioneros.
Les veremos tocar los tambores al amanecer, los tambores de la revolución.
Y que soplen nuevos vientos de una vez.
Que cambie todo.
Que cambie aunque sea sólo un poquito.
Esta tierra tan baldía. Tan gastada.
No hay sitio para nadie más.
No hay muchas cosas más que hacer a parte de lo que he dicho.
No queda tiempo, y de eso no vamos sobrados.
Solamente nos quedan apenas unas cuantas pastillas de minutos y segundos.
Engullámoslas sin masticarlas.
Cojamos la interminable carretera y la suave manta.
Después llegaremos al fin del mundo.
Ahí quizás todo cobre un poco de sentido.
Correremos el riesgo de quedarnos mudos.
Pero nuestros espíritus y las almas de todos los que quedaron atrás hablarán por nosotros.
No podemos perder tiempo diciendo cosas que ya se han dicho tantas veces.
No podemos seguir tropezando cada semana en la misma piedra.
No podemos.

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