Menos Uno

Jack se sentía incapaz de ensillar a su caballo para salir afuera, donde pastaba el ganado. Se sentía incapacitado hasta para levantarse de la silla, frente al fuego de la chimenea. Prefería mil veces cabalgar durante todo el día bajo el sol sin una gota de agua. Después de todo, ya lo había hecho otras veces, en el pasado. Pero septiembre estaba cerca y con él se aproximaba la feria de ganado. Estaba muy a gusto tirado en la silla que McBranagh le había regalado. En ella sentía que por fin parte del universo le pertenecía, que se había redimido por completo de su lejano pasado. Era ponerse a pensar en las futuras obligaciones que esta nueva vida noble y formal le guardaba y le empezaban a correr por las sienes gotas de sudor y unos temblores estremecían sus desgastadas manos. A veces tenía que hacer verdaderos esfuerzos para convencerse de que aquello era lo que él realmente quería. Él se autoconvencía de que su nueva vida en Edge Farm City realmente merecería la pena a largo plazo.

Bueno, tal vez no era exactamente lo que quería, pero sí lo que necesitaba, y lo que uno necesita no siempre es lo mismo que uno desea. No quería pensar en nada, al menos no durante los primeros meses. Sabía que pensar era un riesgo que no podía permitirse. Adentrarse en su cabeza y en sus ideas era volver directamente a su pasado más inmediato, al olor de la pólvora recién disparada en el cañón de su revólver, a los gritos, las palizas, las partidas de cartas, las risotadas, los tragos de whisky, las mujeres -sobre todo a las mujeres, tan fáciles, tan asequibles, tan al alcance de la mano- y no podía si quiera cometerse el lujo de resbalar en esa trampa moral que su propia mente le tendía en bandeja. Ahora todo iba a ser mejor, ya había pagado por sus pecados, pero todo acto siempre deja algún reguero de secuelas, y éstas eran especialmente dañinas.

Le consolaba pensar en las palabras que el pastor Richards le había dicho en Folsom, un par de meses atrás. Todos teníamos nuestro pedazo de cielo asegurado, “incluso por muy mal que lo hubiéramos hecho en vida” (llegó a admitir una vez el pastor, casi a regañadientes en la oscuridad de su celda). El secreto estaba en la culpa y en el arrepentimiento. Pero, en muchas ocasiones y sobre todo ahora que se acercaba la feria de ganado, Jack no estaba muy convencido de ese arrepentimiento. Ahora mismo de lo único de lo que estaba convencido es de que desearía estar a mil millas de aquel condenado pueblo. Él nunca había creído en Dios ni en el Edén ni en la Virgen María, ¿por qué iba a empezar a hacerlo ahora a sus casi cuarenta años? Lo divertido era dejarse llevar, no aceptar deberes, ni obligaciones. Simplemente dejarse llevar, coger lo que a uno le apetezca sin dar explicaciones. Sobre todo sin tener que darse explicaciones a uno mismo.

En ese momento una ráfaga de aire golpeó en el exterior con las ventanas que estaban entornadas pero sin el pestillo echado. Inevitablemente, se abrieron de par en par y una molesta corriente de aire empezó a azotar el ya de por sí malgastado rostro de Jack. Se levantó a regañadientes maldiciendo a Dios por haber inventado el viento y se dirigió hacia la ventana. Su casa (una minúscula edificación de adobe de dos habitaciones) estaba situada al otro extremo de la calle principal, por lo tanto, divisaba prácticamente toda la totalidad del pueblo desde aquella ventana. Al ir a cerrar los ventanales afuera, saliendo de la pequeña estructura que hacía las veces de almacén y de parroquia comunal, distinguió la figura del pastor Richards y lo que parecían ser, si su vista no le fallaba demasiado, dos mujeres. Una de ellas, bastante ancha de caderas, le recordaba a Gloria, la estúpida mujer del alcalde que puso el grito en el cielo cuando se enteró de que un ex-convicto de Folsom había comenzado a vivir en su bonita comunidad de honrados trabajadores. A la otra no la pudo reconocer desde allí.

Decidió salir a dar un paseo, quizá con un poco de suerte, le entrarían ganas de trabajar. Con un poco de suerte, claro. Así fue como, empujado por una especie de fuerza mágica, Jack salió a la calle, vestido únicamente con sus viejas botas de montar, unos pantalones desgastados por el roce, una camisa arrugada y un sombrero de ala ancha tocado con una pluma de águila. Iba derecho al lugar donde se encontraba Richards con Gloria y la otra mujer. No era lo que más le apeteciera en el mundo, sobre todo estar en presencia de Gloria, pero tenía que tratar con él un asunto sobre el ganado. Poco a poco y piedra a piedra lograría construir su castillo. Y una vez terminado, sería cuestión de tiempo encontrar una princesa para que lo habitara junto a él. Después, inevitablemente vendrían las perdices, los hijos, la escuela. Estas ideas mantenían entretenida la cabeza de Jack. Pero ahora el castillo estaba muy lejos. Y las piedras para construirlo a un par de millas de allí, concretamente repartidas en unas cien piezas de ganado.

En su camino para llegar hasta Richards, se encontró con McBranagh, el carpintero de Edge Farm City. Estaba en su mesa de trabajo, con las puertas de su tienda abiertas, como siempre. Al ver a Jack dejó de golpear con su martillo lo que fuera que estuviera golpeando y levantó la vista.

– ¿Cómo va el asentamiento en tu nueva vida de vaquero? – preguntó McBranagh.

– Bueno, la verdad es que es un poco más pesado de lo que me podía imaginar, pero más fácil que tener que dormir con un ojo abierto y un dedo en el gatillo del revólver durante toda una vida – contestó Jack con los ojos semicerrados, molesto con el brillo del sol del mediodía en la cara.
– No olvides que los comienzos siempre son duros, y acuérdate de lo que te dije el otro día, cualquier cosa que necesites, aquí tienes un amigo para lo que sea. – replicó el carpintero, bajando lentamente la vista hacia el pequeño objeto con forma de caja de madera que tenía entre las manos, parecía estar limpiándole unas virutas imaginarias o alguna mota de polvo.

McBranagh fue de los primeros -junto con Richards y el propio alcalde del pueblo, el señor Duke- que se habían prestado a entablar conversación con Jack, cuando éste llegó hacía ya dos meses. Tal y como su socio le había dicho, los comienzos siempre son duros, sobre todo para un hombre soltero, con pinta no menos que sospechosa y de pasado más dudoso aún. Pero si además la hoja de servicio del forastero en cuestión incluye una misteriosa estancia de tres años en el penal de Folsom, la cosa cambia a peor. Mucha parte del vecindario se opuso abiertamente a que Jack permaneciese más de dos días en su pequeña ciudad. A regañadientes dejaron que se quedara en la vieja casa del curandero -casualmente fallecido una semana antes de la llegada de Jack-, y les costó bastante ver como su estancia se fue dilatando por período de un par de semanas, y finalmente meses.

– Lo que tienes que hacer es relajarte, compañero. Se te nota tenso, y eso no le gusta a la vieja guardia de por aquí. Conoces ese dicho que se dice por esta región, “un coyote con miedo es más peligroso que un coyote enfurecido”. Olvida tus problemas y lo que fuera que hayas hecho en tu vida pasada. Ahora estás en Edge Farm, no en medio del desierto o en alguna taberna de mala muerte de la frontera – McBranagh estaba dispuesto definitivamente a darle otro sermón hoy, y cuando se ponía, podía ser incluso más eficiente que el propio pastor Richards, el auténtico hombre de Dios en la ciudad.
– Eso es precisamente lo que no quiero o temo hacer, carpintero. Temo ser realmente yo mismo. Si así fuera, más de una persona podría terminar seriamente herida, o quizá algo peor, quién sabe – McBranagh no pudo aguantar una larga risotada ante la contestación tan franca de Jack.
– En ese caso forastero, que sea lo que Dios quiera, y que nos pille confesados. Pero avísame si te decides a empezar a disparar tiros. Al menos que me de tiempo a buscar cobijo, hazlo aunque sea por mi regalo de bienvenida – el carpintero volvió de nuevo a lo que estuviera haciendo y dio por concluida la conversación – suerte vaquero.

Jack siguió caminando bajo el sol. A medida que avanzaba hacia el joven pastor -calculaba que tendría unos diez años menos que él- empezó a diferenciar mejor a la otra mujer que estaba con ellos. Parecía bastante más joven que la mujer del alcalde, a su lado cualquier persona parece mucho más jovial, quizá tendría la misma edad que Richards. Llevaba un sencillo vestido blanco, un tocado y una sombrilla para proteger su pálida piel del sol. No le sonaba su cara, y no debía ser de por aquí. Tal vez -pensó- vendría de la ciudad a visitar a algún familiar, seguramente a la familia del alcalde.

Una vez llegado a donde se encontraban hizo un gesto de saludo tocándose con los dedos el ala de su sombrero.
– Señora, señorita, padre -sus ojos se encontraron durante décimas de segundos con los de la joven desconocida, que parecían interrogarle con la mirada.
– Hola Jack, ¿qué tal va el ganado del viejo Pat? ¿has subido ya a recogerlo? Recuerda que en un par de semanas será la feria del ganado.
– De eso precisamente venía a hablarle, padre. -dijo Jack con gesto de disculpa y evitando mirar las enormes curvas de Gloria, la mujer del alcalde- Todavía no he comenzado, tenía pensado ponerme a ello esta semana. El caso es que querría preguntarle si, por algún casual no conocería usted algún chico joven de por aquí que quisiera echarme una mano con el trabajo. Desgraciadamente no tengo mucha experiencia.
Jack percibió un gesto de desaprobación de Gloria y puede que un comentario negativo, el tipo de comentario que expresa un pensamiento en voz alta intencionadamente. Richards, sin perder su típica mueca de felicidad perenne en el rostro dijo:
– No te preocupes por eso Jack, sé que lo puedes hacer, de lo contrario, no me habría tomado tantas molestias para conseguirte el trabajo. De todos modos no te desanimes, veré a ver si el hijo del panadero puede echarte una mano a partir de mañana mismo. Pero las reses tienen que quedar bien recogidas en el establo de Pat ¿de acuerdo?
– Por supuesto padre -contestó Jack de una manera completamente sumisa. Tanto que hasta él mismo se sorprendió, con las manos cruzadas por delante de la cintura y la cabeza ligeramente agachada como un niño reprendido por alguna mala acción. Pensó que, finalmente, alguien se había atrevido a juzgar sus malas acciones en el pasado.
– Pero tranquilo, todo comienzo es duro, es cuestión de acostumbrarte a tu nueva situación. Estoy seguro que lo podrás sobrellevar y acabarás siendo la persona de provecho que toda sociedad espera de un hombre. Recuerda que, para Jesucristo “toda persona vale”, ya sea hombre o mujer, pecador o santo. Nadie debería juzgar ni condenar. Sólo el Señor está en posesión de tales poderes.

Esas palabras tranquilizaron un poco a Jack, el cual comenzó a relajarse. En verdad, todo principio es duro. Pero a diferencia de lo que pensaba Richards, Jack no estaba seguro de que pudiera merecer la pena. Para una persona como Jack, que hasta hace poco no tenía otra creencia que la de una botella del mejor whisky y su revólver, costaba pensar en que “alguien” pudiera hacer que, de un plumazo -como quien agita una varita mágica- todo se volviera repentinamente fácil y sencillo. Pero no le importaba. Jack podría intentarlo todas las veces que la vida le dejara. No estaba dispuesto a renunciar a ello, era de esa clase de personas.

– Por cierto Jack, a la señora de Duke Wellington, Gloria, ¿ya la conoce verdad? Quería presentarle entonces a su joven sobrina, la señorita Sarah. Sarah es maestra de escuela en la ciudad de San Diego y ha venido unos días a visitar a la familia. Confiaba en que pudiera prepararle una breve visita por los fantásticos alrededores del pueblo. La señorita Sarah estaba especialmente interesada en conocer algo sobre la vida en el campo, lejos del bullicio de la gran ciudad y me temo que yo estoy lo bastante ocupado con los preparativos de la feria del ganado para poder atenderla todo lo bien que quisiera. Confío en usted, Jack. Cuídela.

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