Uno

Todavía sigo acordándome de ti. Cada día, cada hora, cada segundo de mi vida. A veces el recuerdo baja un poco su intensidad y hay días en los que parece que no fueras mas que una extraña idea de mi imaginación. Pero ya sea la vida, o mi propia cabeza, se encargan de ponerte otra vez en su sitio. Con lo especial que fuiste para mi, no sé si algún día podré borrarte completamente de mi cabeza. Pensándolo bien, ¿quién puede asegurar a ciencia cierta que se pueda llegar a borrar para siempre un recuerdo? Yo creo que nadie. Sobre todo si la huella que dejó esa persona fue tan profunda como la que dejaste en mí.

Salí a pasear con Ana y Sergio esta mañana, fuimos al lago, donde siempre me llevabas a pasear cuando era pequeño. Ana todavía es una cría y la llevó todo el rato en el carrito. Está muy guapa, ha salido a su madre. Sergio la verdad es que se aburre un poco, me llevo una pelota para jugar con él, como hacías tú conmigo, y hay ratos en los que se lo pasa bien. Me gusta verle divirtiéndose. Me recuerda a mí, contigo.

¿Te acuerdas de aquel árbol que crecía con el tronco torcido muy cerquita del agua? No sé que tipo de árbol es. Ya sabes que nunca supe mucho de árboles, flores o plantas. Espero algún día llegar a saber, creo que nunca es tarde. El caso es que el árbol sigue exactamente igual que hace treinta años, me gusta mucho ver a Sergio trepar a sus ramas, desgastando la corteza con sus zapatillas. Me acuerdo que una vez, una de las primeras veces que me llevaste allí me parece, lo vi y quise trepar a su parte más alta. Y tu no me dejaste. Tenías miedo de que me cayera, porque era un niño, una criatura débil y delicada.

Pues hoy, paseando con ellos, he tenido una sensación extraña. Supongo que es la vida que, avanzando poco a poco, va poniendo cada cosa y a cada persona en su sitio. Y donde yo ayer no era más que un niño débil, que tenía miedo a dormir solo en la habitación del fondo del pasillo, ahora soy un hombre mayor. Me he convertido en un tipo de esos altos, que durante muchos años yo miraba desde abajo. Ahora tengo incluso personas delicadas bajo mi protección y me aterra el hecho de pensar siquiera que pudiera ocurrirles algo. Todavía por las noches lo pienso antes de dormir, y te juro que a veces lloro. Pero no de pena. Si no de alegría, de pensar en lo extraño y bonito que es, aunque a veces duela, ver como la rueda sigue girando, tal como tú solías decir. El sol sigue saliendo cada mañana y yéndose a dormir hacia “el oeste, donde viven los indios que cazan búfalos en las praderas”, cada noche. Y los niños crecen y se hacen mayores. Seguramente dentro de otros treinta años quizá Sergio también lleve a sus hijos aquí, a pasear y a enseñarles el árbol donde se subía de pequeño.

Hoy quizá sea demasiado tarde para decirlo pero, gracias por dejarme subir a este árbol. Te echo mucho de menos. Todos los días se lo digo a la abuela. Te quiero.

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